Solo pensamientos, historias por escribir para que luego no las olvide. O solo para sacarlas de la cabeza...

jueves, 23 de agosto de 2012

Memorias de viaje: Estambul. Un monstruo de 7 cabezas.



Dormir en el aeropuerto como medida de economía. (Idea que sin saberlo se repetiría en los próximos 20 días). De desayuno un Bretzel traído de Berlin y un osito de chocolate que dieron en el avión. Muchos vuelos llegan en la mitad de la noche desde todas partes del mundo. Mientras procuraba tener los ojos cerrados y me protegia del frio en el piso con la cobija gris del avión de Lufthansa, la máquina que limpia el piso, shshsihsishsishshissuuuuu, el altoparlante femenino que anuncia los vuelos desde Osaka o Jakarta, la cinta transportadora exponiendo las maletas viajeras y los Japoneses desempacando de los paquetes sus compras de los Duty Free de alguna parte del mundo. A la vista cremas hidratantes, perfumes, objetos electrónicos. Salimos.



Ya mientras la luna se veía a lo lejos, aclaraba el día. Antes nos tomamos el café más caro de la historia, Starbucks por supuesto. El presupuesto empezó mal. Así de la Jetonmatik (la máquina que expende las fichas que son los tiquetes de metro) sacamos dos fichas para adentrarnos en la ciudad en un vagón de metro.



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Es imposible no comparar cada ciudad que visito con las ciudades que vi al crecer. Ya crecí y ahora visito otras ciudades que siempre se muestran cercanas a mis ciudades. Estambul es como una ciudad Colombiana. Sucia a veces, desigual, de arquitecturas fallidas. Le sobra historia y gente, o mas bien a las ciudades colombianas les falta la historia. Millones se mueven en esta ciudad, cientos de turistas al mismo ritmo que avanzamos como hormigas por los mismos lugares: Haya Sofía, Mezquita Azul, Basílica Cisterna, Sultanameth (barrio endemoniado de turistas).


 Hace calor. Ya no estoy acostumbrada a esto. Nos tomamos además la una cerveza cara en el hostal por recompensa a un día tan largo mientras bocanadas de humo de Narguile con sabor a manzana salían por nuestras bocas. Andrea ya planeó cada uno de nuestros días. Yo le sigo el ritmo. Es hora de dormir.



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Estamos debajo de la Torre Galata. Al otro lado de la parte Europea. Tuvimos que cruzar el Galata Bridge no sin antes habernos escampado de una lluvia de verano en medio de unos locales comerciales, tipo el hueco de Medellín.




Claro, éramos las únicas turistas de la zona. En vez de subir a la torre y ver Estambul desde arriba, pagamos un café turco en el Konak Café. Es caro. No importa. Necesitamos un poco de sombra, y ver la ciudad desde arriba siempre vale la pena cualquier café costoso.



Una pareja e la mesa del lado, el continua conquistándola con cada sonrisa, y ella guapa con ojos verdes, sonríe aprobando cada uno de sus movimientos. Están enamorados y yo sospecho que se van a casar. Ella intenta pagar la cuenta al final. Pero el no la deja. Es un juego de poder.




 


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 En esta ciudad estuvo mi papá por unos días un par de años antes de morirse. No recuerdo mucho de sus impresiones, pero sí que le encantó esta ciudad llena de gentes. Recuerdo que el gran bazar era su fascinación. (Probablemente sus habilidades de negociación eran mejores que las nuestras).



Aquí en esta ciudad de 7 cabezas monstruosas ha pasado la historia y ha sobrevivido un país. Marco Polo. La ruta de la seda. En fin. He olvidado mis clases de historia y procuro olvidar el olvido con lo que Andrea me cuenta que lee en la guía de Lonely Planet. El libro mágico que llevamos los viajeros (el nuevo libro guía de historia), siguiendo sus consejos, sus recorridos. Y creyendo cada uno de sus chistes malos. Los accidentes geográficos ya no son puntos sobre un mapa. Son superficies que piso, olores y colores que compruebo. Que recreo. El cuerno de oro, el Mármara, el Bósforo, Constantinopla. El Agua. El azul turquesa se lo inventaron en el mar que baña las costas de Estambul.



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Istanbul Modern es como un museo europeo en una ciudad que quiere ser europea pero que no se deja. A donde uno va, hay que comer comida chatarra local. Así llegamos a las hamburguesas mojadas en Taksim. Sudadas y amarillas. Probablemente sean de carne de gato, pero son deliciosas, mejor que las cheese hamburguer de cualquier macshit. Porque hay tantos gatos en Estambul? (Se responde la pregunta, a cada vez que en los restaurantes la gente dan parte de su comida a los gatos). Dicen que en el Islam es muy importante eso de compartir, incluso con los gatos?.



¿Cuántas mezquitas tiene Estambul? ¿Istanbul? Y los llamados a los rezos 5 veces al día recorren la ciudad como un rumor repitiéndose en todas las esquinas. Miró el reloj. La misma hora de ayer, y será a la misma hora de mañana. Como cuando recomiendan comer 5 veces al día para una vida saludable, aquí recomiendan orar 5 veces al día. En las mezquitas no hay imágenes. La arquitectura y los minaretes se alzan como imágenes de por si poderosas sobre la ciudad. No hay imágenes, pero hay oraciones-música. No sé que dicen. No parecen perjudiciales. De hecho me gustan. 



Me gusta tomar caminos alternativos. Los que nadie nunca toma. Y de repente llegamos al puente de los carros, por donde hay pocos peatones y menos turistas. Es domingo. También hay pescadores sobre el puente, como en el Galata. Los hombres nos miran demasiado, y Andrea acelera el paso. El atardecer está precioso. Yo tomo un par de fotos a costa del afán de Andrea, del riesgo y de mi ingenuidad. Qué más da. Por aquí solo pasan locos.


Nosotros estamos inmiscuyéndonos en un paisaje marginal pero no hacemos mucho daño. Solo miramos. Apunto con mi cámara para llevarme un par de postales.

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La jetonmatik es una máquina la futuro a universos paralelos. Los pececitos plateados que pescan desde los puentes se confunden con las luces del sol sobre el agua azul turquesa. Estamos en el lado Asiático de Estambul.



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Me gusta caminar las calles solas, ver las fachadas mudas manteniendo el silencio en los días en que las puertas y las ventanas no se mueven. Las casas como cajas encerrando secretos. Me pregunto, como parte del viaje, si seré capaz de escribir como un oficio. Escribir por fuera de los lugares comunes. Escribir por siempre. Lugares comunes. ¿Acaso no somos los humanos los mismos? No es sino mirar a los turistas, que como yo, hacemos lo mismo. Las mismas fotos, los mismos caminos. El lugar común del consumo de lugares, llevar el recuerdo en bits para que se pierda en aparatos electrónicos y en las neuronas de la vida.

Necesito encontrar un oficio.

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 Beyoglu. A lo largo de la Istiklal Cadessi. Ríos de gente, esta avenida comercial con edificios de arquitectura neoclásica, los mejores días de finales del siglo 19 y principios del 20. Un siglo después, centros comerciales, marcas de ropa. Tanta gente como el mar que se mueve y se remueve a cada vez. Esta masa de gente, cada cabeza y sus pensamientos, cada vida, cada pensamiento revolcándose al andar a cada segundo. La fuerza de esta ciudad es la fuerza del viajero, que la camina presionando y formando los caminos a cada paso.

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Me gusta como salen las sonrisas aquí con los turcos. Como naturales, como un hábito milenario producido por el misterio de mirar a los ojos. Los ojos de la gente de aqui adivinan tu cabeza y se extienden hacia adentro como unos hoyos negros.

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Pasamos la noche como la ciudad: sin dormir. Desde arriba vimos como la ciudad vive inquieta incluso cuando se pone el sol. Cuando no hay sol. Cuando solo hay luces, cuando ya no las hay. Cuando sale el sol. Si quieren conocer una ciudad que no duerme, Estambul. Aquí hasta los dragones de las aguas oscuras de la noche se mueven de un lado al otro sin descanso. Solo la bruma hace parecer que la ciudad se ha apagado. Solo esconde su inquietud. Pero como siempre con los ojos hay que tocar mas allá de la superficie y suponer lo que pasa en esa geografía entre el mar y la montaña donde viven millones buscando el pan de cada día, la diversión de cada noche, el aire fresco escaso de la noche.


Sin dormir lo suficiente y antes de viajar, recorrimos la ciudad por el lado de las murallas caminando hasta el mar, donde los barcos aguardan como en pie de lucha en una batalla naval su paso por el Bósforo.




Entre las dos murallas, los campesinos que viven ahora en la ciudad se dedican a sembrar todo tipo de verduras. Un tipo de agricultura urbana diría yo más que para el propio consumo, vender en las esquinas un poco de todo y así ayudarse en la vida dura de la ciudad. Pero solo son suposiciones de viajera. Ficciones en esta ciudad bonita.

4 comentarios:

Catalina dijo...

Que bonito... te acompañé (gracias a lo que escribes) en ese increíble viaje. Bellas las fotos, bella la historia. Como sea, bienvenida de regreso para que me cuentes mas :)

S dijo...

:)

Arol dijo...

Mira que yo trato de ahorrar en los viajes, pero tu me ganaste :P

Cabecita Loca dijo...

Preciosas tus fotos!
Un saludo desde Barcelona