Desde que conozco a mis papás, o sea toda la vida, ellos han armado sus propios muebles. Me acuerdo de mi papá taladrando las paredes a las 11 de la noche cualquier día para reorganizar las repisas de la biblioteca. Luego mi mamá tomó clases de carpintería, luego con mi papá hicieron mueble tras mueble armándolos para la biblioteca, el estudio y el taller de carpintería. Homecenter era como el paraíso donde mi papá realizaba sus sueños de ser un señor armamuebles. Cuando el se murió, le escribí una carta diciéndole, entre otras cosas que le había faltado enseñarme bien como era el asunto del taladro. Nunca me dejaba terminar de hacer un hueco porque siempre quedaba chueco. Porque no tenía la fuerza, porque claro, el lo hacía mejor. Y ya sin el, no hubo mas remedio que cada vez que fuera necesario, tomar el taladro, medir la broca con el tornillo, con el chazo, medir la pared y hacer los huecos haciendo mucha fuerza. En la universidad hice muebles, ventanas, formaletas, montajes, desmontajes. Casi siempre alguien me ayudaba, pero por lo menos nunca me varaba. Luego en Punto Link, soy la niña del taladro, del nivel, el metro y el martillo. Y mi mamá por su parte aprendió mucho, en sus clases y de mi papá. Es una dura: ella sabe las técnicas, sabe que funciona, que no, cuanto material se necesita, cual es mejor, y dónde se compra más barato. Habrá que imaginarsela, haciendo lo que hizo hace poco, caminando por todo Cisneros de un lado a otro, buscando unos tubos, cual carpintera de cartera.
Pues, le pedí el regalo de un nuevo escritorio. Lo compramos en Makro, el mas barato y el mas sencillo, por tal el más funcional. Y lo armamos. Vealo, me verá en pijama de insectos y verá a mi mamá en todo su esplendor carpintérico. Y al final, mi nuevo espacio de trabajo.